jueves, 24 de marzo de 2011

Curas milagrosas contra la sordera

El relato de Marco B.



Nací sordo, me diagnosticaron la sordera cuando tenia 2 años en un hospital de Roma, allí los médicos informaban de que en Alemania había un famoso doctor que curaba a pacientes de la sordera a base de inyecciones de un extracto de animal, con este procedimiento muchos habían recuperado toda la audición. Era un tratamiento muy caro, que no entraba por la Seguridad Social.

Mis padres que querían que su hijo pudiera recuperar su oído, por las buenas referencias que tuvieron por mi otorrino, y otros médicos del mismo hospital, contacto con ese doctor alemán, y fuimos a Garmisch, donde tenía su consulta, para empezar el tratamiento. Una vez allí, me inyectaron en un brazo un líquido trasparente que no me hizo ni el mínimo efecto.

Volvimos a Italia, la ilusión y la esperanza con la que fueron mis padres a Alemania , volvieron a casa arrastrándose por los suelos.

Unos meses después, a mis padres les llegó la noticia de que aquel doctor alemán al que nombraban prestigioso, fue arrestado después de que un inspector de sanidad abriera una investigación por las numerosas denuncias de otros pacientes que también habían depositado sus esperanzas y dinero en el tratamiento. Descubrieron que aquellas inyecciones no hacían nada. Nos timaron.

Mi familia no lo denuncio, porque el doctor no era italiano, y era muy complicado denunciar un caso así en aquellos tiempos.

sábado, 12 de marzo de 2011

En el hospital de guardia


El relato de Carmen


En verano me voy a trabajar fuera de casa los meses de julio y agosto. Un verano se me rompió el audífono un sábado por la tarde de agosto, por lo que tenía que esperar hasta el lunes a que abrieran los centros auditivos, pero era imposible, tenía que trabajar y necesitaba oír por lo que me fui a un hospital de guardia a que me hicieran un apaño temporal.

Fui sola, sin oír, llegué y me atendió una enfermera. Le dije lo que me pasaba y escribio ES SORDA en mi expediente con unas letras enormes, me preguntó si oía algo y le contesté que en ese momento no, ya que se me había roto el audífono. Me dijo que saliera a la sala de espera que me avisarían por megafonía cuando me tocara el turno. Me quedé mirándola y le contesté: pero si no oigo cómo me vas a avisar por megafonía!

Quedamos en que saldría una enfermera a buscarme, como había mucha gente, me senté en frente de la puerta y me puse a leer un libro echando un ojo constante a la puerta por si salía una enfermera. Al rato, salió una enfermera y dijo mi nombre, pero no estuve segura, por lo que me quedé mirándola, repitió mi nombre una segunda vez con tono borde y mosqueada (el lenguaje gestual dice mucho más que las palabras), me levanté y me acompañó al otorrino.

El señor otorrino fue incapaz de hacer nada por mi audífono, así que me volví con un ataque de angustia al centro de trabajo. No por no oír, pues en el trabajo me habían asegurado que no pasaba nada, que sólo era un día y que estuviera tranquila. El ataque de angustia fue por lo mal que me trataron, como si fuera tonta.

viernes, 4 de marzo de 2011

El baloncesto y las pilas.

El Relato de Carlos Muncharaz




Jugaba en un equipo junior de baloncesto cuando en un partido me di un golpe tan fuerte con otro jugador que el audífono salió volando. Yo caí al suelo y me hice daño. Me levantaron entre varios compañeros y me sentaron en el banquillo. Yo no oía nada pero notaba que el entrenador me decía algo. Al poco tiempo vino un compañero con mi audífono, que lo había encontrado tirado por el campo y pitando. La gente que estaba en el pabellón me aplaudió para darme ánimos, pero yo me llevé un buen corte...


Y en otro partido, estábamos calentando antes de empezar la primera parte cuando de repente... ¡se me terminó la pila del audífono! Yo necesitaba oír porque estaba acostumbrado a escuchar las instrucciones del entrenador y a comunicarme con los compañeros. Afortunadamente jugábamos en casa, así que salí corriendo del pabellón y me fui a casa a coger otra pila. Cuando llegué otra vez al pabellón ya estaba terminando la primera parte y el entrenador me echó una bronca. Ese es el día que aprendí que no hay que salir de casa sin pilas de repuesto.